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Defendió con su pluma los derechos humanos, consiguiendo que el Concilio de Trento reconociera que las mujeres tienen alma, demostrando el valor moral de la mujer, criatura de Dios como el hombre y no instrumento del Diablo.

Lo hace sin dejarse impresionar por la abundancia de testimonios que sostienen la idea inicial, y lo rebate, pero no en forma de tesis, sino a través de la construcción narrativa. Parafraseando el Evangelio, máxima autoridad del mundo cristiano, destaca en él los episodios que muestran la firmeza femenina, y de forma muy especial la fidelidad del colectivo de mujeres en los episodios de la pasión, frente a la cobardía y debilidad de los discípulos varones, excepto Juan, personaje próximo al mundo femenino por su edad, y personificando sin duda en María Magdalena la firmeza de su sexo.

El panorama cultural de Valencia en aquellos tiempos aparece particularmente animado y complejo. La introducción de la imprenta (1473) y las relaciones con Italia, entre otras causas, determinaron el surgimiento del Renacimiento local, que incluye paradigmáticamente las corrientes ideológicas y científicas más representativas de la época. La abadesa del monasterio de la Santísima Trinidad, desde su clausura, no estuvo ausente del movimiento literario que hubo en su época.

Ya en su época, sor Isabel poseía fama de mujer culta i gozó de un gran prestigio entre los escritores valencianos coetáneos. Isabel de Villena pidió al venerable Jaume Péreç, obispo auxiliar de Rodrigo de Borja en Valencia, que escribiera una explicación del Magníficat, lo que hizo en 1485 con una carta dedicatoria.

El Monasterio de la Trinidad llegó, con ella a tener una biblioteca muy bien dotada, y consta que luego fueron a parar allí en 1495 los libros que la reina María había legado a Violant de Monpalau, viuda de Lluís Martí. Antes, en 1479, el vicario general Jaume Exarch dejó expresamente a Sor Isabel, por la que sentía una especial veneración, todos los volúmenes de su biblioteca, que debía ser considerable, puesto que se hace especial mención de ello en las crónicas de la época.

De Isabel de Villena se ha conservado una única obra que le ha valido un reconocimiento universal, la Vita Christi, que vio la luz por primera vez en Valencia en 1497, en edición de Aldonça de Montsoriu, la abadesa que la substituyó en el cargo. Se reimprimió en Valencia en 1513 y otra vez en Barcelona el año 1527.

Poco se sabe de otras obras, pero se dice que escribió diversos tratados y una obra mística, el Speculum Animae, del que la última noticia data de 1761, pero que hoy permanece perdida. En todo caso la dedicación a las letras de la autora no es muy frecuente en su época y sin duda se ha de enmarcar en el esplendor cultural de la Valencia del siglo XV.

Se cree también que Isabel tuvo ocasión de compartir sus ideas literarias con Jaume Roig, que entonces ejercía de médico del mismo convento, y algunos estudiosos han querido ver en la Vita Christi una respuesta a la misoginia del autor del Spill.

Otros escritores y traductores del momento la nombran o le dedican sus obras. En El Passi en cobles (Valencia, 1493) la elogian Bernat Fenollar y Pere Martines. Miquel Peres le dedicó su traducción de la Imitación de Jesucristo, nombrado vulgarmente Kempis.

Se formó y se hizo escritora entre mujeres: en su casa (en la biblioteca de la reina) y en el convento de la Trinidad, para cuyas compañeras de vida redactó la Vita Christi y, probablemente otras obras, como el Speculum animae.

La leyeron muchas mujeres, entre ellas, Isabel La Católica, que quiso que se la publicara para poderla leer, y María Jesús de Ágreda. Por eso, las principales protagonistas de la Vita Christi, publicada en 1497, son mujeres: la Virgen María, María Magdalena, etc.

Aunque conoció la biografía de Cristo de Ludolfo de Sajonia, Isabel de Villena, se inspiró con gran libertad en los evangelios apócrifos, en las costumbres de su tiempo y clase social y también, en tradiciones procedentes de los evangelios gnósticos, escritos en los dos primeros siglos del cristianismo y prohibidos poco después. Supo transformar esos materiales en una preciosa obra de arte original.

La intención doctrinal de la Vita Christi, libro que no fue firmado por la autora y que sólo la intervención de Sor Aldonça de Montsoriu, su sucesora como abadesa, salvó del anonimato, publicándolo después de su muerte, ya en 1497, y dedicado a Isabel la Católica, no quita que sea un gran trabajo literario que no se fundamentó sólo en las fuentes consideradas legítimas.

Lejos de eso, Isabel de Villena escribe prestando atención a otras fuentes llamadas “extra-canónicas”: libros apócrifos o tradiciones. Según Martí de Riquer, la Vita Christi es “un libro biográfico y de contemplación al mismo tiempo, y si no tenemos en cuenta estos dos aspectos, fundamentales en la intención de la autora, corremos el peligro de no entenderlo, aunque eso no quiere decir que el lector moderno encuentre más interés en la vida de Cristo y en los episodios del más allá.”

Después del siglo XV la influencia de la Vita Christi ha sido notable en la literatura religiosa, pero también se la considera como una de las obras medievales más representativas de su época.

Preocupada por la elevación espiritual de sus religiosas y para proveer de material para la contemplación de sus clarisas, pero también de sus conciudadanos, compuso el Vita Christi.

La abadesa de la Trinidad nos ofrece una Vida de Cristo no demasiado ortodoxa, ya que prescinde de muchos de los episodios de los Evangelios Canónicos y en cambio incluye numerosos temas y relatos de los apócrifos o de tradiciones piadosas. Por ejemplo, no incluye muchos de los milagros y parábolas que dan los cuatro evangelistas, y ni siquiera se acuerda del considerado manifiesto central del cristianismo, el sermón de la montaña.

A Isabel de Villena le interesa mas la infancia de María y de Jesús, la Pasión de éste y el sueño y ascensión de su Madre, que las partes de doctrina y predicación. Su obra es una vida de Cristo vista siempre a través de las mujeres. Numerosos capítulos de su obra están dedicados no tanto a la narración de los hechos, como a describir la resonancia de éstos sobre María.

De los evangelistas elige siempre los pasajes en los que las mujeres, directa o indirectamente, figuran como coprotagonistas decisivos. Cuando no es así, los enfoca de forma que siempre haya una mujer en primer plano. María Magdalena ocupa en sus relatos un espacio que se le niega en los evangelios, así como Santa Ana y muchas otras mujeres. En todos los episodios hay una mujer con la que se relaciona Jesús, y en todos una mujer resume los sentimientos y la significación de los episodios evangélicos.

El estilo empleado es familiar, lento, gráfico y ligeramente moroso. El léxico es popular y expresivo, así como la sintaxis. Se ha señalado que la autora concibe la organización del mundo divino siguiendo las pautas de la corte real, en la que había transcurrido su infancia.

El relato está lleno de vivas descripciones realistas, dando una visión elegante y fresca de las costumbres de la aristocracia contemporánea. Junto a los personajes evangélicos, sobre todo la Virgen María, a la que dedica una atención especial, Isabel crea una serie de personificaciones femeninas de la Pureza, la Humildad y la Contemplación, que aumentan el carácter humanista del relato.

¿Puede una obra del siglo XV considerarse feminista? Si, si aceptamos como definición de feminismo la defensa de la dignidad de la mujer, sin anacronismos sexuales ni políticos.

Su prosa pertenece a la mística franciscana, de la que nace el carisma de su fundador San Francisco de Asís.

No cabe duda de que Sor Isabel fue en su tiempo un verdadero ejemplo entre las mujeres de la corte y del claustro.

Bien se puede afirmar que fue como un símbolo de la mujer intelectual que se eleva, ayer y hoy, como modelo para todas las mujeres. Hay que tener presente que, a lo largo de los doce años de permanencia en el palacio real de Valencia, bajo la tutela de la reina María y en compañía de aquel grupo de personas distinguidas que la ayudaban en el gobierno, contó con buenos maestros para cultivar su inteligencia privilegiada.

El simple estudio de la Vita Christi, aun limitándose a su estructura formal, nos revela un ser superdotado, con un bagaje de conocimientos y una facilidad de pluma nada comunes. Conocedora de nuestra literatura valenciana y de sus hombres más importantes, su dominio del lenguaje queda patente a través de su obra.

Es admirable la facilidad que muestra Sor Isabel para traducir y glosar o comentar los textos latinos. Es más, cuando usa con reiteración en su obra como un sonsonete volent dir (queriendo decir), no se limita a traducir el texto latino, sino que hace una verdadera exégesis o comentario, como los mejores teólogos.

Para entender esto hay que tener presente que en la Valencia del siglo XIV, había buenos maestros para enseñar las principales lenguas, entre ellas el latín. Y no cabe duda que Isabel tuvo excelentes maestros, pues dominaba perfectamente la lengua latina.

Podemos suponer que, dada su cultura, ya antes de entrar en el monasterio había recibido lecciones particulares de alguno de aquellos latinistas de la corte, tan acostumbrados a traducir y redactar los documentos reales, o de los religiosos que frecuentaban el palacio por razón de sus cargos o por la amistad que los unía a la reina, y que no eran pocos.

En tiempo de Sor Isabel, el convento de la Trinidad debía ser un cenáculo literario al que acudían los grandes poetas y escritores valencianos. Sor Isabel, a su vez, es heredera de un lenguaje ya perfectamente estructurado, hablado en la ciudad y en los pueblos del Reino de Valencia, y escrito por sus hombres de letras, muchos de los cuales frecuentaban el trato y la correspondencia con la abadesa de la Trinidad.

Sor Isabel de Villena está considerada como la máxima figura femenina de la literatura medieval en nuestra lengua.