Biografía

Sor Isabel de Villena, célebre Abadesa del Monasterio de la Trinidad en Valencia, se llamó en el siglo Leonor-Manuel de Villena; fue hija natural del famoso Marqués de Villena, D. Enrique de Aragón (1384-1434), tío del rey D. Juan II de Castilla; biznieta de D. Alonso de Aragón, primer Duque real de Gandia y nieta de Juana, hija natural de Enrique II de Castilla, y por tanto, emparentada con las Cortes de Aragón y de Castilla.

Huérfana de padre antes de los cuatro años y de madre, según se cree. La reina Doña María de Castilla, mujer de Alfonso V de Aragón, hija del rey Enrique III y de Catalina de Lancaster, hermana del rey Juan II y tía carnal de Isabel la Católica, que la educó en su corte valenciana, en los ambientes aventureros y abiertos que rodearon a Alfons el Magnànim, hijo de Fernando de Antequera.

Dios no le dio hijos a Doña María, pero fue una gran reina, muy querida por los valencianos tanto por sus virtudes como por su manera de gobernar en los repetidos y prolongados períodos en que su esposo andaba por tierras de Italia.

Isabel era, a la vez, prima de la reina y del rey. También aparece Sor Isabel como prima hermana de Doña Catalina, señora de Cortes y gran bienhechora del monasterio de la Trinidad, ya que ésta era hija de D. Galvany, hermano del padre de Isabel.

La pequeña Leonor creció en el palacio real de Valencia, educada como una princesa. La vida ejemplar de Doña María y sin duda sus consejos fueron dibujando en el alma de aquella privilegiada criatura la vocación religiosa.

Muy joven, antes de cumplir los dieciséis años, eligió el monasterio de la Trinidad, que su prima estaba construyendo con todo cariño, para consagrarse al Señor.

Su primera comunidad la formaron diecisiete monjas clarisas, incluida la abadesa, procedentes del monasterio de Gandia, a las que pronto se unieron nuevas vocaciones de jóvenes valencianas. Su nombre propio era el de Leonor Manuel, que trocó por el de Isabel al entrar en religión.

Al año siguiente, el Papa Eugenio IV otorgó diversas gracias espirituales a los que colaboraron en las obras de refundación. Entre los 4623 donantes, tenemos a los ilustres escritores valencianos, Ausiàs March, Jaume Roig, Joan Roïç de Corella, Miquel Peres, Bernat Fenollar, etc.

Desde el primer momento se esforzó por poner en práctica las virtudes cristianas y se dedicó de modo especial al estudio de la Sagrada Escritura.

En el claustro pasó sus mejores horas junto a la reina, cuando ésta se retiraba allí para vivir como una simple religiosa; aún ahora enseñan las monjas a los visitantes lo que ellas llaman el Tocador de la reina, que es el espacio que ésta preparó para sí misma al construir el monasterio, en lugar apartado pero dentro de la clausura, con autorización papal. La reina Doña María murió el 30 de agosto de 1458.

La primera abadesa del monasterio de la Trinidad, nombrada por la reina, fue Sor Violante del Poyo, que ya lo era en el convento de Gandia y que murió en 1461; le sucedió Sor Isabel de Solsona, profesa en Gandia y vicaria en Valencia, que duró poco en el cargo porque falleció el 25 de marzo de 1462.

A ésta la sustituyó nuestra Sor Isabel, como abadesa perpetua, que gobernó el monasterio hasta su muerte. Su nombramiento nos ha llegado envuelto en leyendas y fenómenos milagrosos. La verdad es que sus monjas la tuvieron por virtuosísima, pues a todas excedía en virtudes y perfección.

Sor Isabel de Villena ejerció en este monasterio el cargo de abadesa desde el 1462. El 7 de marzo de 1465,el Papa Pablo II, otorgó una dispensa "defectum natalium", con la finalidad de solucionar un impedimento legal que anulaba la elección de Sor Isabel de Villena como abadesa.

Consciente de su responsabilidad de abadesa, se propuso con mucha seriedad no sólo la culminación de las obras materiales que con tanta ilusión había comenzado su prima, la reina María, sino también, y sobre todo, la reforma moral y espiritual de las monjas en el marco de una época difícil como era aquella del siglo XV valenciano, próspera en demografía, industria, comercio, agricultura, artes, letras y ciencias, pero no tan loable en cuanto a espiritualidad y buenas costumbres.

Sor Isabel echó mano de sus cualidades innatas, su gran inteligencia, la exquisita educación recibida en la corte real, su tacto delicado y el respeto debido a los demás, para ir modelando a aquellas jóvenes valencianas que llamaban con frecuencia a la puerta del convento: eran numerosas y abundaban las de alta categoría social.

La santidad y la fiel observancia de la Regla de estas religiosas saltaron los muros de su convento y contribuyeron eficazmente a la reforma de otros como los de Barcelona, Mallorca, Játiva, Teruel, y los valencianos de Santa Clara y de Jerusalén.

Atención particular merecen las relaciones de la abadesa con el rey Fernando el Católico. Fueron muy cordiales, como lo testifican, por ejemplo, los siguientes hechos.

Don Fernando manifestó su gran confianza en la abadesa Sor Isabel, su pariente, al entregarle a su hija natural, María de Aragón, para que la cuidara y educara dentro de la clausura del monasterio.

Sor Isabel hace constar, en un documento escrito de su propia mano, que Doña María de Aragón, hija de D. Fernando, rey de Aragón y de Castilla, fue llevada al monasterio, por mandato de su padre, el 13 de febrero de 1484, cuando tenía cinco años y cerca de dos meses, pues nació el día de la Esperanza, que es el 18 de diciembre.

Más tarde, la hija de D. Fernando hizo su profesión religiosa, convirtiéndose en Sor María de Aragón y perseverando en el mismo monasterio hasta su muerte, ocurrida el 5 de septiembre de 1510, a los 26 años de su edad. Fue enterrada en modesto mausoleo bajo el coro de la iglesia, a la parte derecha, donde antes de la guerra de 1936-39 se veía su lápida funeraria.

Por otra parte, el rey D. Fernando donó en 1487 al monasterio de la Trinidad, como ampliación del mismo, el convento franciscano de Santo Espíritu del Monte (Gilet) con todos sus derechos y dominios.

Este convento había sido fundado en 1404 por la reina Doña María de Luna, esposa de Martín el Humano, cuando tenía ella de consejero espiritual al franciscano Francisco Eximenis. D. Fernando se considera sucesor de los fundadores María y Martín, de los que es biznieto, y entrega el convento a las clarisas para que lo habiten dependiendo y en estrecha comunión con la abadesa y comunidad del monasterio de la Trinidad.

Al parecer, las monjas no llegaron a establecerse en Santo Espíritu, donde siguen hasta hoy los franciscanos.

Además, Fernando el Católico hizo importantes concesiones de carácter económico a Sor Isabel y su monasterio, que facilitaron a la abadesa la continuación de las obras emprendidas por Doña María de Castilla.

En el año 1490, murió víctima de una epidemia.