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El siglo XVII fue determinante en la evolución de la fortuna crítica de Juanes. Convertido en el pintor valenciano por excelencia, (posición que nunca abandonó pero que hubo de compartir a veces con Ribalta o Ribera), el prestigio de Juanes, lejos de decaer, se mantuvo e incluso aumentó a lo largo de la centuria.

En la biografía que escribió Miguel Salón del arzobispo Tomás de Villanueva en 1618, con motivo de su beatificación, nos dice sobre los tapices que éste encargó para la catedral:

"Para adorno de la misma Iglesia mayor, dio orden como se hiciesen en Flandes de seda y lana muy finas nueve paños muy grandes, con los gozos de nuestra Señora, y entre ellos la Presentación de la misma Virgen en el templo, que le costaron muchos ducados: salieron muy buenos, y de muy hermosas figuras, y con muy vivos colores, de tal suerte que con haber cerca de setenta años que se hicieron, y servir en la Iglesia todas las Pasquas y fiestas principales, están hoy día tan lucidos y hermosos como el primero; y aunque envió el Santo los patrones de las Imágenes que habían de tener, pintadas en unos lienzos de mano de un Pintor muy famoso que había en esta ciudad, llamdo Joannes, tan hábil y diestro en aquel arte, que a juicio de los que entienden, puede competir lo que él pintó, y se ve en muchas iglesias de la Ciudad y Reyno de Valencia, con las pinturas que hizo Michael Angelo en Roma"

La autoría de los cartones, que debieron diseñarse hacia 1550-1552, adquiere una importancia mayor incluso que la realización material de los tapices, recayendo el mérito del conjunto en un Juanes que era equiparado sin rubor con el mismísimo Miguel Ángel.

Una admiración similar detectamos en las palabras que dedicó a narrar este mismo episodio de los tapices el canónigo de la catedral Jerónimo Martínez de la Vega (m. 1688), responsable de glosar las fiestas celebradas por la beatificación de Tomás de Villanueva en 1619. Al describir el aparejo dispuesto para la ocasión en el transepto de la catedral valenciana, Martínez de la Vega dio cuenta nuevamente de los tapices encargados por Villanueva, cuya factura alababa sin reservas dada la identidad de su autor:

" ... de admirable dibuxo, siéndolo de loanes, gloria y orgullo de la pintura y de nuestra nación valenciana"

Pero el prestigio de Juanes no repercutió únicamente en la apreciación de su pintura, y habría
que preguntarse hasta qué punto fue responsable de determinados fenómenos estrictamente artísticos.

El Jueves Santo de 1584 un pavoroso incendió asoló la parroquia de Santa Catalina en Valencia dañando gran parte de su patrimonio mueble. Entre los espacios afectados por las llamas estaba la capilla que el oficio de plateros poseía en esa iglesia dedicada a San Eloy, cuyo retablo, iniciado por Juanes en 1534, es la primera obra suya documentada.

En 1607, los plateros decidieron renovar el maltrecho retablo y contrataron para ello a Francisco Ribalta, el mejor pintor activo en Valencia. Los términos de contrato suscrito en 1607 entre los plateros y Ribalta son tajantes respecto al cometido de éste, cuya actuación quedaba poco menos que consteñida a la de simple copista:

«(...) que lo dit franco. Ribalta (...) haja de pintar y traslladar les matexes pintares que hui yha en lo dit retaule les quals están festes de la má de Joanes(...)» ".

Y en efecto, si comparamos las pinturas de Ribalta con la única original de Juanes que ha llegado hasta nosotros (la Consagración de San Eligió como Obispo de Noyon en la Kress Collection de la Universidad de Arizona), comprobaremos la fidelidad con la que el primero se aplicó en su tarea.

Si el retablo de san Eloy constituye el mejor indicador del prestigio de Juanes en los años iniciales del siglo XVII, su contrato es por desgracia el único testimonio escrito conservado donde se solicita expresamente a Ribalta que copie obra de Juanes. Sin embargo, no debió ser la única ocasión en que la clientela se dirigió a él con tal propósito, pues son numerosas las obras de Ribalta que repiten puntualmente modelos juanescos.

Que Francisco Ribalta se sintió atraído por el arte de Juanes lo demuestran las copias que de éste hizo para sí y de las que da fe el testamento de su hijo Juan.

Desconocemos exactamente qué bienes paternos heredó Juan, pero cuando éste testó el 8 de octubre de 1628, las únicas pinturas de Francisco Ribalta que citó fueron dos copias de Juanes: «dos posts, go es, la una de un Cristo, y l'altra de nostra Señora, les quals son de má del dit Francisco Ribalta, mon pare, y son copies de Joanes».

Las pinturas, que Juan legó a su tía Aldonza, son prácticamente las únicas citadas en el testamento, lo que nos habla de la extraordinaria importancia que Ribalta concedía a Juanes, al que copiaba con independencia de los dictados de la clientela, por su propio placer.

Diversas razones explicarían la atracción de Francisco Ribalta por Juanes: su excelencia técnica (Juanes es uno de los pocos pintores del Quinientos español impecable en el tratamiento de anatomías o el uso de la perspectiva), o la común atracción y estudio de las pinturas de Sebastiano de Piombo en poder de la familia Vich, poderosas definitorias de sus respectivos modos de pintar.

En estas coordenadas, y dentro del mundo valenciano, Juanes proporcionaba a Ribalta un magnífico referente del reconocimiento social que podía alcanzar un artista en el ejercicio de su profesión. En él tenía el gran maestro un ejemplo, único por otra parte en Valencia, de un pintor cuyo talento había sido celebrado en vida por poetas y de un pintor que, por su sola maestría con los pinceles, había sido elevado a la categoría de gloria local, circunstancias ambas que no le dejarían indiferente y que habrían de convertir a Juanes en una referencia ineludible para generaciones de artistas valencianos.

A nosotros, la humanidad, nos corresponde el gozo de contemplar su valiosa obra en las iglesias y museos más prestigiosos del mundo.