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Pinazo compatibilizó la docencia con una carrera artística de enorme relevancia que le convertiría en uno de los impulsores fundamentales del impresionismo en nuestro país.

En Italia estudia a los clásicos y pinta sus conocidas obras de corte académico y factura impecable.

Entra en contacto con el grupo de los macchiaioli representantes de la aportación italiana al realismo europeo que serán decisivos en su formación asimilando de ellos la temática cotidiana y el paisaje realista al "plain air" y determinados procedimientos técnicos como la pintura sobre tabla sin preparación previa y la utilización plástica del soporte de madera.

Su obra es representativa de la evolución de un artista a caballo entre la tradición académica decimonónica y la nueva concepción de la pintura moderna del siglo XX.

En su trabajo permanece la huella de la tradición retratista, la pintura de historia, el costumbrismo, y la temática religiosa, que dialogan con los asuntos más modernos como son: la naturaleza y el entorno cotidiano.

Sus pequeños lienzos y tablas en los que experimenta con la luz y el color de forma gestual y subjetiva, con una factura abocetada, inacabada y manchada, en claro homenaje a Goya, están cada vez más cercanos a la espiritualidad mística y a la abstracción del informalismo.

Con una clara conciencia de clase, fortalecida por su origen humilde, la enorme honestidad de Pinazo le hacía ser muy estimado por todos. Su carácter tímido y solitario, le privó de la proyección internacional que tuvo su conciudadano Sorolla. Siempre le gusto estar en su refugio familiar de Godella.

En 1896 es nombrado Académico de la Real de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde pronuncia un discurso, "De la ignorancia en el arte",discurso que califican de incendiario y en el que reivindica las bondades de la ignorancia natural del pueblo frente a la petulancia de los considerados hombres cultos (que bien se podría seguir aplicando ahora). A partir de esas fechas, los reconocimientos a su labor artística no dejaran de sucederse.

Pinazo fue un artista que supo establecer un diálogo con los grandes maestros de la pintura española -El Greco, Velázquez, Goya- desde un planteamiento moderno que se adelantaba al de muchos de los artistas del fin de siglo"

Su independencia de postura y una inclinación hacia lo que denominaríamos arte en general son dos de las más considerables características de la actitud de Pinazo. En más de cuarenta y cinco años de actividad, produjo una gran cantidad de dibujos, acuarelas, óleos y frescos de las más diversas tendencias.

La gran seguridad que experimentó en sus propias posibilidades, una gran curiosidad intelectual y una actitud liberal revelan que se negara a auto-limitarse a un solo estilo, o a una sola partida temática.

"Depositamos en las obras lo que somos, por eso la posteridad no se equivoca al juzgar, pues juzga, no las apariencias del autor, sino su ser cuyas perfecciones y defectos deposita en sus manifestaciones artísticas o de otro orden".

Una de sus cualidades más destacadas era su capacidad imaginativa para ver lo significativo en los aspectos más normales de la vida diaria. No precisaba buscar grandes temas para transmitir un pensamiento trascendente.

Esta capacidad de ver más allá se unía a su constante investigación sobre las posibilidades en el tratamiento de la luz y del color. Él mismo nos dijo:

"Para el verdadero artista no hay más que luz, y hasta la forma que pudiera considerarse como lo más material es susceptible de expresarse con sólo el color: la forma no se concibe sin este, y éste, sin la luz".

Sobre el pintor, ejercen una especial atracción los niños, que comenzó durante su estancia en Italia y es uno de los pintores con más retratos y dibujos de niños.

Esa fascinación por el mundo infantil se desarrolla principalmente en su circulo más íntimo y familiar ya que fue sobretodo a partir del nacimiento de su primer hijo durante su estancia en Roma, en 1879, cuando el niño y su mundo centran parte de su atención y le sirven de inspiración para muchas de sus obras.

Cuadros memorables de esta época italiana son El guardavías y Juegos ícaros. En este último, en el que predominan las gamas blancas, se conjuga el naturalismo, que viene dado con notas como la suciedad de pies y manos, con una visión de la vida cotidiana del mundo romano muy al gusto de la época.

Tras el nacimiento de su primogénito éste se convierte en su modelo favorito. Así, podemos verlo en la cuna, en el suelo, dormido, riendo, llorando, comiendo o enfermo.

Obras con las que el pintor compone una biografía gráfica de la infancia y adolescencia de sus hijos. Son composiciones realizadas por puro placer en las que, al estar libre de cualquier compromiso, aparece el Pinazo más íntimo y auténtico.

Pero, lógicamente, sus retratos de niños tienen un campo más amplio que el estrictamente familiar ya que realizo muchos retratos infantiles por encargo.

Al final de su vida, con la venida al mundo de sus nietas estas vuelven a convertirse en el centro de su atención y nos deja unas magníficas imágenes de ellas.

Muchos de sus cuadros con niños son escenas costumbristas como la de ese Monaguillo tocando la zambomba de 1895, o el Retrato de niña con muñeca. El lienzo en el que aparece su hijo Ignacio como escolar, La lección de memoria, obtuvo la Primera Medalla en la Exposición Nacional de 1899.

Fue artista prodigioso, de pincelada suelta y con gran sentido pictórico.

Nadie ha pintado como Ignacio Pinazo la sensación del sol. Fue un artista, observó el mundo y se dejó afectar por él para retratarlo, desde la hondura de sentimiento, en sus lienzos. A través de su obra, su alma pervive.

El temperamento ágil, inquieto y nervioso del autor se transparenta en sus lienzos de extraordinaria movilidad, de cálido colorido y de líneas graciosas… Pinazo fue un hombre bueno que plasmó su intimidad en su obra; su modernidad radicó mayormente en su manera de abordar, con exquisita sensibilidad, su entorno más inmediato.

Ignacio Pizano fue un observador de la vida; solía llevar siempre consigo un cuaderno de apuntes, en el que dibujaba todo lo que le llamaba la atención, sus pensamientos acerca de lo que observaba. Vivió modestamente de su trabajo, tuvo siempre conciencia de clase por su origen humilde. 

Era un hombre introvertido y solitario, su carácter le llevó a refugiarse en Godella (Valencia), donde vivió con su mujer; esto le privó de la proyección internacional que tuvo su paisano Sorolla. La celebridad universal se olvidó de Pinazo.

El artista optó por mantenerse aislado, en Valencia, de todo movimiento intelectual y sin otra compañía que el arte, fiel compañero de su existencia y la de su esposa. Fue incapaz de amoldarse a exigencias y convencionalismos de moda, por los que el arte se convierte en una industria distinguida.

Pinazo encarna la contradicción propia del artista del siglo XIX: por un lado, encontramos en él a un pintor realista, académico, que ejecuta con corrección pinturas de Historia y acapara medallas y honores, y, por otro, descubrimos a uno de los pocos pintores españoles de su generación cuya obra podía resistir con dignidad la confrontación con los más destacados representantes internacionales de las tendencias surgidas de la corriente naturalista del siglo XIX, como Manet, Degas o Renoir.

Se trata, además, del único valenciano del siglo XIX presente en el Instituto Valenciano de Arte Moderno. Cuando se le concede la Medalla de Honor en la Exposición Nacional en 1912, se reconoce con demora a uno de los protagonistas más brillantes de la segunda mitad del siglo XIX.


Ignacio Pinazo
de La ignorancia del arte


Influyen en el curso del arte las exigencias de la sociedad, pues al pretender que aquél se amolde a las tiranías de ésta, cae muchas veces también en sus vicios, arrastrado por su principal origen, el cual no es otro que la perfecta ignorancia.

Es artista aquel que se hace dueño del corazón, el que mejor comprenda y conozca sus afectos y pasiones, será el mejor artista; el que mejor domine la luz y la forma, sólo será el mejor pintor. En efecto, el artista de genio pinta el espíritu de su época; el ilustrado, pero que carece del espíritu artístico, al no querer convencer con el sentimiento, lo ha de pintar con la materialidad.

La sensibilidad constituye, pues, la parte más esencial del artista, por medio de la cual une la materia a lo inmaterial, dando forma al espíritu. La educación artística bien entendida tiende a contrarrestrar el predominio de la cabeza sobre el corazón.

Agradezcamos a los que ignoran, pero que sinceramente forman sus juicios a veces contradictorios respecto a nuestras obras y que siempre han de redundar en favor nuestro; despreciemos, en cambio, las de los perfectos ignorantes, hijos de su vanidad y vil interés.

Seamos dignos de los grandes hombres que, sin letras ni palabras, grabaron en sus obras artísticas caracteres y costumbres de la Humanidad, y que, como hijas del corazón, determinaron las distintas particularidades de sus pasiones y han influído en la vida moral e intelectual del hombre.

Han sido y son el lazo de unión de los pueblos e hijos del sublime arte que, naciendo del espíritu, humanamente se desarrolla, traduce y nos transporta a su divino origen.