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La forma en que aparece trascrito el nombre de nuestro autor en numerosos
documentos (partida de bautismo, partida de desposorios, poderes, testamento...)
y ediciones antiguas es otra la que corresponde al nombre valenciano del autor,
Guillem.
Contemporáneamente al autor, una castellanización poco correcta del mismo (la
correcta hubiera sido "Guillermo") , puramente ortográfica, aunque común y
consentida por el autor, acostumbró a la historiografía de la literatura
española a generalizar el "Guillén", que asumimos en el conjunto de nuestro
trabajo, supuesto que es la forma habitual de referirse a nuestro autor en los
repertorios bibliográficos y que un cambio de nombre, a estas alturas,
provocaría más extrañeza que reconocimiento en la mayoría de los lectores.
Característico de Guillén de Castro como autor dramático es su predilección por
temas propios de la tragedia, habitualmente representada en intrigas que
presentan el conflicto de la rebelión contra un rey o estadista tirano, tema
insólito dada la jerarquía social del barroco que hacía que la autoridad real
emanara de Dios.
De todos modos el tiranicidio llevado a sus últimas consecuencias solo fue
mostrado en tono de comedia en Los malcasados de Valencia y en una
tragedia pura: El amor constante, una de sus dos primeras obras
dramáticas, compuesta entre 1596 y 1599. En esta época el pensamiento humanista
del siglo XVI abordaba frecuentemente estos asuntos.
Posteriormente, en consonancia con el espíritu de los pensadores políticos del
XVII, Guillén de Castro se abstendrá de proponer el regicidio como solución a
los problemas de un cuerpo social oprimido. Sin embargo, el tema siguió presente
de algun modo en Las mocedades del Cid. Comedia segunda en el tratamiento
del personaje de Sancho II de Castilla quien, abusando de sus prerrogativas
reales, desobedece el testamento de su padre Fernando I el Magno y es muerto a
traición por Vellido Dolfos, a quien la providencia divina infunde valor. Ya no
es una decisión humana, sino un castigo del Dios cristiano contra un mal rey.
En el terreno de la comedia Guillén parte sobre todo del desarrollo minucioso de
una intriga compleja, de un enredo inteligente, basado en equívocos,
malentendidos, y virajes en la peripecia que, no obstante, son solucionados como
premio a la virtud de los amantes. Insiste en el planteamiento de los problemas
privados en el matrimonio, lo que es poco habitual en el teatro barroco español,
como ejemplo de la doble insatisfacción conyugal de las parejas de Los mal
casados de Valencia.
Uno de sus grandes temas es el análisis de la verdadera amistad y la integridad
del valor y la virtud, todo ello reflejado en una de sus obras maestras, El
curioso impertinente. También destaca (y lo ejemplifica esta obra) el
tratamiento de la mujer como personaje fuerte que es capaz de manejar las
voluntades de los personajes circundantes y los hilos del propio destino.
Se observa también un tratamiento crítico de las convenciones de la honra, que
se ven con distancia y hasta rechazo. La honra en Guillén de Castro siempre es
vista como la permanencia de unas leyes periclitadas que impiden la realización
de los deseos legitimados por la ley natural frente a los convencionalismos del
código del honor. En este sentido, El curioso impertinente plantea de
facto la licitud de los amores adúlteros (de Camila con Lotario) frente a los
del matrimonio con Anselmo; e incluso, con la muerte de este último, se ve
restaurado este paradójico orden, reforzado por el perdón que en sus últimas
palabras Anselmo, el marido, ofrece al amante por el daño causado.
La mayoría de sus personajes pertenecen a la alta nobleza, y escasean burgueses
o labradores, lo cual refleja una intención moralizante en consonancia con los
presupuestos didácticos de la tragedia, más ejemplares cuanto más elevada sea la
clase social a la que pertenecen los tipos dramáticos que la representan.
En su obra madura destaca la caracterización psicológica de los personajes
femeninos, muchas veces protagonistas, siempre inteligentes y finalmente capaces
de conducir su destino, pese a las dificultades con que la condición de la mujer
en la estructura de la sociedad barroca lastra sus posibilidades de actuación y
decisión.
Es importante también su contribución a la creación de tipos de la comedia, con
la temprana aparición de personajes singulares como la «dama donaire» (en Los
malcasados de Valencia) o el «lindo» (en El Narciso en su opinión),
que es el antecedente del galán «de figurón». No es muy habitual, sin embargo,
la presencia del gracioso en sus comedias, relegado a un papel secundario y con
pocas facetas
Una de las diferencias sustanciales con la tipología de los personajes del
teatro de Lope de Vega es que en el valenciano padre e hijo no están
enfrentados. La voluntad paterna es aceptada y esta obediencia en ocasiones
origina un conflicto, al renunciar a su amor, como ocurre en La humildad
soberbia, en la que Rodrigo de Villadrando renuncia a su amor por María
obedeciendo a su padre y, gracias a ello, podrá recuperarla al final de la obra.
Guillén de Castro mantuvo siempre caracteres originales heredados de su
formación en la escuela de trágicos valencianos, como la permanente
insatisfacción de sus héroes y heroínas y la tendencia a plantear desenlaces que
no satisfacen la norma del final feliz, como se puede apreciar en El curioso
impertinente (muerte de Anselmo), Los malcasados de Valencia (doble
divorcio) o los antes mencionados de muerte del tirano. Relevante en este
sentido es la creación de una muy especial tragicomedia, donde el tono amargo
convive con el cómico, como se observa en las obras antedichas.
Podemos decir que a Guillén de Castro no se le ha prestado la atención que
mereciera, algo que nos sorprende, sobre todo teniendo presente el
reconocimiento que sí se le dispensa en vida y del que dan buena fe las
numerosas alabanzas que le dedican sus coetáneos, especialmente sus compañeros
de profesión. Entre ellos, destacan los dos «genios nacionales», de Miguel
de Cervantes y Lope de Vega, quienes, por un momento, dejan de lado sus
diferencias, y coinciden en declarar su admiración por el valenciano. Así,
Cervantes, en el prólogo a sus Comedias, celebra «la suavidad, y dulçura de don
Guillén de Castro», mientras en El viaje del Parnaso escribe lo siguiente:
"Desembarcóse el dios, y fue derecho
a darle cuatro mil y más abrazos,
de su vista y su ayuda satisfecho.
Volvió la vista, y reiteró los lazos
en Don Guillén de Castro, que venía
deseoso de verse en tales brazos..."
Por su parte, Lope de Vega dedica a nuestro «caballero valenciano» su comedia
Las almenas de Toro (1620), al tiempo que ensalza su genio creador y le tributa
los más afectuosos elogios en diversas composiciones poéticas
como la «Epístola octava» de La Filomena (1621) o esta silva de El laurel de
Apolo (1630):
"Pero sea desmayo
de los opositores
en armas y en amores
el vivo ingenio, el rayo
el espíritu ardiente
de Don Guillén de Castro
a quien de su ascendiente
fue tan feliz el astro,
que despreciando jaspe y alabastro,
piden sus versos oro y bronce eterno,
ya se enoje marcial o endulce tierno."
Mas la admiración de Lope por el poeta valenciano se había puesto ya de
manifiesto en 1613, al incluir el madrileño las «Comedias de don Guillén de
Castro», únicas representantes del «nuevo arte» dramático seiscentista, entre
los libros poéticos y novelescos atesorados por la culta Nise, hermana de la
protagonista de La dama boba.
Otros escritores contemporáneos que ensalzan el genio creador del poeta de la
ciudad del Turia son Rojas de Villandrando, quien, en la loa a El viaje
entretenido, cita a Guillén entre los «tantos ingenios» de los que tiene
memoria; Juan Pérez de Montalbán, el cual nos habla de Guillén en unos términos
harto poéticos:
"Del valenciano Eurípides la lira
(tan digna del Romano Anphiteatro)
me dieran la tragedia, y en la historia:
por Don Guillén de
Castro honor y gloria"
Y, por último, Baltasar Gracián, que, en su Arte de
ingenio, elogia la fuerza de la costumbre de nuestro autor «por la bizarría del
verso y por la invención merece [Guillén] el inmortal laurel, así como La dama
duende de Calderón».
También consigue Guillén ser profeta en su tierra, como demuestra el siguiente
elogio de su paisano Gaspar Mercader en la novela El Prado de Valencia (1600):
"Don Guillem de Castro cría
entre Marte y el esfuerço
su regalada poesía,
que, semejando al maestuerço
se le ha nacido en vn día.
Mas con fauor tan colmado,
que entre el arena sembrado
de la playa que asigura,
echa tallos en hondura
después de auerse entallado."
Ya en el siglo XIX, un rotundo y lúcido Mesonero Romanos se queja del «absoluto
olvido en que por espacio de tanto tiempo se ha tenido el repertorio de este
campeón de nuestro teatro, uno de los más esforzados caudillos de nuestro
poético del siglo XVII». Más allá de su ampulosidad de estilo, el mensaje es
claro: urge recomponer la imagen de un poeta que acompañó a los «grandes» en su
empeño de encumbrar el teatro español.
El juicio que Menéndez Pelayo (1884) hace del conjunto de la producción
guilleniana:
"Yo no creo que Guillén de Castro, poeta de robustísima
inspiración épica y legendaria, valga menos que Rojas, por más que no entrase
tanto en las formas convencionales de nuestro teatro que predominaron después de
Lope.
Porque, efectivamente, la vida y la obra de Guillén de Castro, sin olvidarse
nunca de ciertos testimonios de la época, hablan ya de un anómalo «discípulo» de
Lope de Vega (dificlmente, ya que Lope solo tenía 7 años mas que Guillén, y
durante muchos años sus trayectorias fluyeron paralelas y exitosas en ambos
casos), en el sentido de que su producción dramática no arranca del
revolucionario magisterio lopesco, sino que es fruto de la evolución natural de
un poeta que, tras experimentar paralelamente a Lope nuevas y modernas formas
dramáticas más acordes con el gusto del español del momento, acaba abrazando
–aunque sin despersonalizarse– la fórmula triunfante esbozada por Lope de Vega
con el beneplácito de ese público que lo consagrará como «Fénix de los Ingenios»
o «Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra». Es evidente,
pues, que urge revisar los viejos tópicos –difundidos por la crítica y los
manuales de historia literaria– de Guillén como un mero epígono de Lope y de
éste como «Fénix» creador, en solitario y ex nihilo, de la Comedia nueva.
Y eso –destronar tales asunciones erróneas enquistadas en la historiografía
literaria– es lo que persigue finalmente este trabajo sobre el arte dramático de
uno de los poetas que, desde el principio, acompañó a Lope en su empeño de
encumbrar el teatro español.
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